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jueves, 14 de julio de 2011

3 CAPITULOS DE CASSIE PALMER 5 de Karen Chance

mmmm..  por ahora les traigo los 3 primeros capitulos luegos les pondre mas.. ojala les gusten.. porque a mi me encantaron y que decir de los otros..  como sea, soy TEAM MIRCEA (aunque eso no quiere decir que no me guste Pritkin) me enacanta.. lo amo XD
es emocionante como absolutamente impactante, con una protagonista fuerte y directa!!
PD: me encanta la portada.. y a ustedes??
gracias a Purple rose

Capitulo 1
Mi nariz estaba chorreando, no podía ver una mierda y mi cerebro se congeló en despreciable terror. Así que por un momento, acabé colgada allí, tragando aire helado y esperando que mi corazón parara de intentar golpear a través de mi pecho. Por el rabillo de mi ojo, pude ver una pequeña muestra de lo que nos estaba levantando, y no era tranquilizador.

Era casi transparente, a excepción de un ligero matiz azulado que era en gran parte invisible contra el cielo brillante. Tenía una tapa en forma de cúpula y algunos tentáculos membranosos que fluían hacia abajo para envolverse alrededor de nosotros, dándole un aspecto vagamente como a una medusa, si es que las que eran tan grandes como un autobús, tenían la costumbre de flotar en torno a Colorado Rockies. Lo que era lo casi extraño era una expresión de la magia de un hombre, formado un paracaídas, en el cual no confié en absoluto.

Por otra parte, confiaba en el hombre. Aunque realmente deseaba que él me tomara del frente en lugar de detrás. De esa manera yo podría tener las rodillas alrededor de él.

―¡Lo hiciste a propósito! ―jadeé, cuando pude respirar.

―Por supuesto.

―¿Por supuesto? ―miré hacia arriba, pero tuve que estirar la cabeza hacia atrás, dejando sus facciones por encima de mi. Los ojos verdes claros eran los mismos, y por desgracia, también lo era el pelo rubio de punta.

No se veía nada mejor desde este ángulo, decidí.

―Todavía tienes que aprender a reaccionar de forma fiable bajo presión ―me dijo―. Hasta que lo hagas, eres vulnerable.

Traté de girar mi cuello, porque descargar lo que siento de otro modo, no funcionaría. Pero todo lo que vi fue parte de un musculoso hombro en una sudadera de color verde militar. A veces mi amigo, a veces enemigos, todo el tiempo un dolor el culo, me dice que John Pritkin no llevaba un abrigo.

Por supuesto que no lo llevaba.

Tenía que haber una temperatura por debajo de cero aquí y si no hubiera sido por toda la adrenalina que bombeaba a través de mi sistema, me habría muerto de frío, pero un abrigo no era machista. Y si había aprendido una cosa sobre magos de la guerra, lo más cercano que había en la comunidad sobrenatural a una fuerza policial, era que siempre eran machistas. Incluso las mujeres. Era un poco espantoso.

Algo así como estar colgando a una altura de más de una milla en lo más alto de las montañas.

―Tus habilidades te harán poco bien si no puedes aprender a funcionar bajo estrés ―continuó tranquilamente, a medida que flotábamos más cerca de la cima.

―¿Estrés? ―pregunté, mi voz ligeramente quebrada―. Pritkin, el estrés es un día de mal cabello. El estrés es ganar cinco libras justo antes de la temporada traje de baño. ¡Esto no es estrés!

―Llámalo como quieras, el punto es el mismo. Recuerda lo que hablamos. Evaluar - determinar lo que está sucediendo; Dirección - decidir cuáles de tus habilidades pueden hacer frente al problema actual, y a continuación actúas -de forma rápida y decisiva. Debes aprender a hacer esto automáticamente, sin paralizarte, y sin importar las circunstancias. O sufrirás las consecuencias.

―¡Lo estoy intentando! ―dije con rencor. Habían pasado apenas dos meses desde de que había sido empujada fuera de otro acantilado, y el hecho de que hubiese sido un metafórico no había ayudado en absoluto. Había sido declarada, por encima de mis fuertes y continuas protestas, Pytia, la principal vidente del mundo sobrenatural.

Era un trabajo que algunas personas estaban dispuestos a matar por él, como descubrí de dura manera. Por mi parte, me había pasado una buena parte de estos dos meses tratando de devolver el poder que vino con el ministerio, sólo para encontrar que no quería salir. Después de una serie de lecciones muy duras, había aceptado finalmente que iba a tener que sacar el mejor provecho de ello.

Como resultado, había estado trabajando fuera de mi trasero metafísico tratando de compensar el tiempo de formación que las otras candidatas habían recibido durante su vida, con éxito desigual. Hubiera ayudado si el Rambo de allí arriba no hubiese pedido también que aprendiera autodefensa. Coincidimos en que lo necesitaba, pero con una cosa que yo no supiera hacer era suficiente.

―Inténtalo con más ganas ―me dijo el Sr. completa-carencia-de simpatía.

―Mira ―dije, tratando de razonar con él a pesar de mi amplia experiencia de que esto rara vez funcionaba―. Este no es un buen momento. Tengo mi ceremonia…

―Coronación.

―… y estoy tratando de aumentar mi capacidad de patético a triste antes de esa fecha, para no terminan de avergonzarme delante de la gente de la que se supone que soy líder. Y luego están los accesorios para el vestido que quieren que me ponga, y un montón de nombres que quieren que aprenda, y al parecer si tengo un título incorrecto podría causar algún tipo de incidente internacional…

―Haremos un acuerdo ―dijo, interrumpiéndome.

―¿Qué clase de acuerdo? ―le pregunté con recelo. Tratos y acuerdos era una característica de vampiros, algo que el otro hombre de mi vida estaba mucho más dispuestos a probar. Magos de guerra ordenan, amenazan y putean, dependiendo de las circunstancias. No hacen acuerdos.

A excepción de hoy, al parecer.

―Estamos directamente sobre una zona utilizada por el cuerpo como campo de entrenamiento ―me dijo, refiriéndose al nombre formal de los magos de guerra―. Permanece delante de mí durante quince minutos, con cualquier habilidad que quieras, a excepción del desplazamiento del tiempo, y no voy a molestarte de nuevo por una semana.

Yo no dije nada por un momento. Porque había varios tipos de desplazamientos estándar que viene con mi oficio: a través del espacio y del tiempo. Puede ser que ellos sean iguales que Pritkin, salvo que se me traslado de un lugar a otro, desde una época a otra. Pero no lo eran. Su jefe en el Corps, Jonas Marsden, fue quien me formó con mis habilidades recién adquiridas y él mismo me lo dijo. Así que si Pritkin no me prohíbe específicamente el desplazamiento espacial, que fácilmente podría mantenerme por delante de él, y comprarme una semana libre en el proceso. Después de las cosas que habían estado ocurriendo últimamente, un poco de tiempo libre sería el cielo. Pero sonaba como que sería un grave error.

―Hemos estado aquí la mitad del día ―me quejé―. Estoy cansada, no he comido desde el desayuno y no puedo sentir ninguno de los dedos de mis pies.

―Voy a llevarte a un picnic.

Mi cabeza se alzó. ―¿Qué?

―Escondí una cesta esta mañana. Después de la prueba, te llevaré a ella.

"―Va a estar frío ahora.

―Lo dejé con un calentador ―dijo secamente. Porque los magos de guerra comían el pollo frito congelado del suelo y les gustaba.

Dios. Pollo frito, ensalada de papas, habas cocidas al horno, tal vez algún pastel de manzana o galletas para el postre, sí. Yo podría usar un picnic ahora.

―Muy bien ―estuve de acuerdo, más rápido de lo debido. Pero realmente tenía hambre―. No hay viaje en el tiempo.

―¿Estás segura? Porque cuando yo gane…

―Si es que ganas.

―… te quedarás aquí hasta que hayas acabado el curso entero. Y no te quejas de ello.

―¡Yo no me quejo!

―¿Entonces tenemos un trato?

―Supongo que sí ―dije, intentando sonar renuente.

―Bien ―me dijo amablemente.

Y entonces me soltó.

* * * * * * * *



Un par de horas después, me tambaleé en la suite de hotel de Las Vegas que actualmente llamaba casa y estampé mi cara en el sofá. Ya había alguien sentado allí, pero no me importaba. Estaba demasiado cansada para abrir incluso los párpados y descubrir quién era.

Hasta que alguien se entrometió conmigo con un dedo del tamaño de un perro caliente. ―¿Mal día?

Puse mis ojos en blanco y, maldita sea, incluso eso dolía, para ver al líder de mis guardaespaldas mirándome.

―No. Me gusta caer desde las alturas de un avión sin paracaídas.

Marco me dio una palmadita en el trasero, que creo que fue razonable ya que estaba cubriendo su regazo. ―Pareces bien para mí.

Marco, reflexioné amargamente, estaba muy indiferente a lo que mi salud se refiere. Había empezado a asumir que yo era tan blanda como la mayoría de los seres humanos, y prácticamente tenía un ataque al corazón cada vez que tengo problemas. Pero después de verme sobrevivir a una docena de ataques, había comenzado a relajarse. En estos días, si no entraba con una herida abierta o escupiendo sangre, no tenía mucha simpatía.

―¡Porque me las arreglé para llegar a la tierra antes de que salpicara en ella! ―le dije con irritación.

―Entonces, ¿cuál es el problema?

Me di la vuelta para poder fruncirle el ceño. ―El problema es que corrí un maratón en el helado clima con un loco persiguiéndome.

―¿Por qué no solo…? ―agitó la mano del tamaño de un jamón y su cuerpo del tamaño de un oso―. Ya sabes. Poof.

―¿Te refieres a cambiar?

―Sí. ¿Por qué no cambiar?

―¡Lo hice! Pero Pritkin esperaba eso y pidió prestado el collar de Jonas.

―¿Qué collar?

Suspiré y me incorporé. ―Es una especie de encanto que le permite llamar a la Pythia en tiempos de emergencia. Tan pronto como intento cambiar, donde quiera que este, donde sea que este, tira de mí ―como Pritkin había sabido cuando hizo esa apuesta, maldito sea.

Dios, deseaba darle un rodillazo en las bolas.





Marco parecía pensar que era divertido, lo cual no mejoró mi estado de ánimo. Me levanté y fui cojeando hasta la habitación de al lado, todavía moría de frío y hambre. Porque la idea de Pritkin de un picnic dejó mucho que desear.

Pero mi cuarto de baño no lo hizo. Sabía que era estúpido, pero mi cuarto de baño me hizo feliz. Tal vez era el tamaño, que era una enorme frontera con el pecado, o la combinación de colores blanco y azul suave, o la salvaje ducha sobre la bañera del tamaño de Godzilla. O tal vez fue porque era el único lugar en el maldito conjunto donde podía estar sola.

Marco no era el problema. En el último mes, él había ido de tratarme como un parásito pesado a tratarme como una hermana más joven levemente malcriada, y la mayor parte del tiempo, me encontré realmente disfrutando de su compañía. Pero Marco era la punta del iceberg en cuanto a mi guardaespaldas se refiere. Ellos solamente habían estado creciendo en número desde que la fecha de la ceremonia se había anunciado.

Todo el mundo supuso que habría un ataque. Incluso yo lo asumí. El mundo sobrenatural estaba en guerra, y la matanza en dirección opuesta era SOP (COMPENSACIÓN). Y, me gustara o no, la Pythia era considerada una de los más importantes y activos de nuestro lado. Lo que explica los intentos de intensificación de Pritkin para que absorba un poco menos en autodefensa y que una docena más o menos de maestros vampiros de ojos dorados constantemente patrullen la suite.

Ellos estaban allí para mi protección; lo sabía. Pero no lo hace menos escalofriante. Me miraban comer. Me miraban beber. Me miraban ver la maldita televisión. Incluso me miraba dormir. Me había despertado más de una vez para encontrar una de ellos de pie en la puerta de mi habitación, mirándome, como si fuera una cosa perfectamente normal de hacer.

Si no hubiera sido por mi baño, me podría haber perdido.

Lástima que no pudo dormir aquí.

Marco pegó la cabeza en la puerta cuando estaba corriendo el agua caliente en mi gran y encantadora bañera. ―¿Necesitas algo? Porque me voy fuera de servicio en un rato.

―Comida ―le dije, encogiéndome de hombros fuera de mi abrigo.

―¿De qué tipo?

―Lo que sea. Mientras no sea bueno para mí.

Él asintió con la cabeza y se agachó cuando empecé a tirar de mi camiseta. Era demasiado débil por donde yo había estado, pero el dicho de la parte frontal encaja perfectamente con mi estado de ánimo: Guardo el golpe de escape, pero todavía estoy aquí. La tiró en una pila con el abrigo, mis pantalones vaqueros tiesos del frío y el costoso recorte de seda que había estado en una parte de mi trasero por la última media hora. Entonces lentamente me metí en la bañera.

Oh, Dios.

Bliss.

En realidad, estaba un poco demasiado caliente, pero pensé que la cantidad de hielo que se aferran a mí debería de hacer efecto en ello. Añadí una generosa cantidad de sales de baño, encontré mi almohada debajo de unas toallas y dejé que mi cabeza bajara contra la húmeda bañera. Después de unos momentos, mis músculos empezaron a aflorar y mi columna vertebral se hundió en alivio y en serio comencé a preguntarme si dormir aquí era tan mala idea, después de todo.

Creo que tal vez me fui a la deriva por un tiempo. Debido a que la siguiente cosa que supe, fue que estaba en el rosado y pruney escalón, los espejos estaban todos empañados y el agua ya no estaba caliente. Y un fantasma estaba sentado junto a la bañera, mirándome.

Me hubiese preocupados más, pero este era un fantasma que yo conocía. Cogí una toalla y le lancé una mirada, no sé por qué. Billy no se preocupa por sus numerosos vicios. Se había burlado de la muerte como si hubiera engañado a las cartas en vida y tenía la intención de mantenerlo. Eso hizo su moral desapareciera, ya que nunca tuvo la intención de responder a ninguna de todos modos.

Empujó el sombrero que había estado usando durante el último siglo y medio con un dedo no sustancial. ―Lo he visto antes ―me dijo, con una mirada de soslayo exagerada.

―Entonces, ¿por qué estás mirando?

―¿Porque estoy muerto, no senil?

Le tiré la esponja, lo cual no sirvió de nada, ya que pasó a través de él y terminó contra la pared. ―No te puedo alimentar todavía ―le dije―. No hasta que coma.

Billy y yo teníamos un antiguo acuerdo, que data de la época en que había recogido el collar que él había encantado en una tienda de chatarra a la edad de diecisiete años. Yo donaba energía de vida que él mantenga un juguetón sentimiento, y él hacía unos pequeños recados para mí a cambio. Por lo menos, lo hacía, si yo lo regañaba lo suficiente.

Estiró las piernas cubiertas de mezclilla en frente de él, como si estuviera en un sofá invisible. ―¿No puede un hombre mirar sin que tú de inmediato supongas…? ―vio mi expresión y lo dejó―. Está bien, esperaré.

Yo estaba tratando de decidir entre salir y dejar correr un poco más de agua caliente cuando alguien llamó a la puerta. ―¿Estás decente?

Tiré la toalla un poco más arriba. ―Sí, si mis dedos de los pies arrugados no te ofenden.

La cabeza morena de Marco apareció alrededor de la jamba de la puerta. ―No, son lindos.

Yo los moví para él ya que en realidad podría sentirlos ahora.

―De todos modos, la comida está afuera y yo me tengo que ir ―él me sonrió―. Gran cita esta noche.

―¿Cita? ―yo parpadeé con sorpresa, porque los vampiros no aman las citas. No a menos que sean forzadas, de todos modos.

―Bruja ―dijo concisamente.

―¿No es eso un poco... raro?

―Soy como el amo. Me gusta caminar por el lado salvaje.

Me tomó un momento darme cuenta de lo que quería decir. ―Yo no soy el lado salvaje ―le dije rotundamente―. Estoy tan lejos del lado salvaje como es posible de conseguir.

Levantó una ceja negra espesa. ―Si tú lo dices.

Abrí la boca, entonces decidí que era demasiado para discutir. ―Bien, diviértete.

―Oh, lo haré ―hizo una pausa―. Y para tu información, hay un montón de chicos nuevos esta noche. Bueno, no son nuevos, nuevos, pero son nuevos para ti.

No sabía por qué se estaba molestando en decírmelo. Los guardaespaldas eran cambiados de forma regular. Veinticuatro horas de seguridad significa que algunos de ellos se quedaban atascados en el turno de día, que era muy duro para los vampiros. Por lo menos lo asumí que era por qué, después de una semana o dos, empezaron a mirar un poco enarbolado.

Asentí con la cabeza, pero Marco se quedó allí, como si esperara algún tipo de respuesta. ―Está bien.

―Es sólo que... ―vaciló―. Trata

―¿Yo los asusto?

―Sabes lo que quiero decir. Son esas cosas que haces.

―¿Qué cosas?

Sus ojos recorrieron todo el cuarto de baño. ―Hablando con gente invisible, es tipo de cosas.

―Son fantasmas, Marco.

―Sí, sólo que la mayoría de los chicos no creen en fantasmas, y han comenzado a pensar que eres un poco... extraña.

―¿Son vampiros y piensan que soy extraña?

―Y que aparezcas de la nada frente a un hombre. Eso toma algún tiempo para acostumbrarse. No creo que Sánchez se haya recuperado todavía.

―El único lugar en el que me voy a aparecer es en la cama.

―Buen plan ―Marco parecía satisfecho―. Nos vemos en el otro lado.

Rodé mis ojos por la jerga, que como de costumbre para los vampiros más viejos eran de décadas antiguas, y dejé que mi cabeza descansara contra la húmeda bañera. Realmente no tenía ganas de moverme, ahora que estaba cálida y relajada y estaba comenzando a sentir mis extremidades de nuevo. Pero el olor que salían de la habitación contigua estaban haciendo gruñí a mi estómago dolorosamente.

No pude identificar inmediatamente la fuente, pero no importaba. Si Marco había hecho el pedido, tenía que ser buena. A diferencia de Pritkin, Marco no se preocupaba por cosas como la grasa y colesterol. Cuando Marco comía, comía a lo grande: pasta que gotea en salsa de crema, grandes filetes a la pimienta, puré de papas con salsa, y cannoli dulce suficientes para romper los dientes. A menudo en la misma comida.

El hecho de que los vampiros técnicamente no tenía la necesidad de comer no parecía preocupar a Marco. Él me había dicho que una de las mejores cosas de finalmente alcanzar el título de maestro había sido el regreso de sus papilas gustativas. Y había pasado el tiempo compensando todos esos años sin sabor.

Decidí que tal vez estaba lo suficientemente limpia. ―Date la vuelta ―le dije a Billy―, voy a salir.

Hizo una cara de puchero, pero no discutió. Tal vez tenía hambre, también. Me envolví la toalla alrededor de mí y empecé a salir de la bañera.

Pero en vez mis manos se desliaron por la porcelana, mis rodillas se doblaron y me volví a sumergirme rápidamente en la refrescante agua. Por un segundo, sólo estaba allí, más confundida que preocupada. Hasta que me quedé en el fondo. Entonces salí de ello y comencé a luchar. Y descubrí que no había absolutamente ninguna diferencia.

Lo mejor que podía hacer era mantener mi cara por encima de las burbujas durante unos segundos mientras me esforzaba por moverme, gritar, o hacer algo. Pero mi cuerpo se congeló como el grito atrapado detrás de los dientes, mis labios se negaron obstinadamente a dejarlo salir. Lo más que logré fue un gruñido sordo mientras mi cabeza lentamente se hundía.

Inmediatamente, todo el sonido desvaneció. El zumbido del aire acondicionado, los pasos casi silenciosos de los guardias, el tintineo suave de los cubitos de hielo de alguien al caer en un vaso en el comedor, todo se desvaneció en un estruendo húmedo. El silencio se hizo a mi alrededor, una mano pesada, el frío me robó el aliento tan eficazmente como el agua sobre mi cara. Las mitad de las burbujas se había desvanecido hasta ahora, con bolsas de espuma flotando aquí y allá, como el cielo en un día nublado. Entre ellas podía ver el techo del cuarto de baño, ondeando con mis apenas discernible lucha. Pero no fueron bastante, no lo suficiente, y mis pulmones ya estaban pidiendo a gritos el aire.

Después de lo que sentí como una hora, pero probablemente no más de unos segundos, la escena sobre mí fue oscurecida por la forma indistinta de Billy. Él estaba diciendo algo, pero yo no podía oír, y luego su rostro pasó por el agua y me miró con curiosidad. ―Es hora de salir.

Ninguna mierda, pensé histérica, tratando de mover mis miembros que de repente sentía como si pertenecieran a otra persona. Un ceño fruncido apareció entre los ojos de Billy. Pero fue la impaciente mirada de Billy, no la mirada de pánico de Billy. Él todavía no lo entendía.

―En serio, Cass. Tu cena va a enfriar.

Me lo quedé mirando fijamente, mis ojos ardían por el jabón, queriendo hacerlo comprender. No pasó nada, salvo que una cadena de burbujas se escurrió de entre mis labios, yéndose por el aire a unos cuantos centímetros de distancia. Puede ser que también haya sido unos miles por todo el bien que me estaba haciendo.

Mis dedos estaban flotando cerca de la superficie del agua, justo al lado del interruptor que controla el desagüe. Estaba justo debajo de la llave de agua, de fácil acceso, si yo hubiese sido capaz de moverme. Mientras tanto, sólo podía mirarlo fijamente, el terror marcado arrastrándose sobre mi cuerpo, mi piel fría y amenazando con paralizar las funciones del cerebro que me quedaba. No me podía mover y Billy era inútil y ni siquiera podía tomar una respiración profunda para calmarse, porque… porque yo estaba a punto de ahogarme en la maldita bañera.
Capitulo 2
La idea cortó limpiamente a través de los farfullos de mi mente. La gente había estado tratando de matarme de diversas maneras los últimos meses, pero si no me controlaba, en mi tumba se podría leer: se ahogó en la bañera.

Pero debía estarlo, porque estaba condenada si no salía de allí.

Sólo que no parecía tener muchas más opciones.

Cuanto más me esforzaba, más parecía que mi cuerpo se apagaba. Tratar de moverme era como tratar de abrir la tapa de un ataúd desde dentro. Pedí ayuda, pero el grito se quedó atrapado en mí en entumecida garganta.

La peor parte era el silencio. Se suponía que la muerte era enérgica, disparos, explosiones, gritos y truenos. No esta extraña calma que me envolvía como una mortaja. No podía oír nada excepto el agua lamiendo los lados de la bañera, como un reloj contando los segundos que quedaban.

Y una discordante voz resonando en mis oídos: Evaluación, Dirección, Acción.

Por un segundo, las palabras tan solo flotaron en mi mente, rehusándose a conectarse a nada más. Y entonces, recordé las malditas tres directrices [1] de Pritkin. Me aferré a ello, como a una cuerda de salvamento, antes de que pudiese ser expulsado por el espacio vacío que era el pánico.

Ok, pensé desesperadamente.


Evaluación. ¿Cuál es el problema? Que no podía respirar, joder.


Dirección. ¿Qué podía hacer con ello? Nada. No cuando mi propio cuerpo se negaba a seguir mis órdenes, cuando parecía estar bajo el control de alguien más… Espera, espera. No necesitaba moverme físicamente para usar mi poder, que era independiente de mi forma humana. Y mi poder podía…

Cambié antes de que terminara el pensamiento, terminando fuera de la bañera, con mi desnudo culo a varios metros por encima del suelo del baño. La gravedad se hizo cargo de la situación, tirándome sobre las frías baldosas antes incluso de que pudiese respirar, junto con cerca de cuarenta litrosde agua templada. Presa del pánico, había transportado todo el contenido de la bañera, que enjabonó el suelo, empapando la peluda alfombra y rompiendo contra las paredes como una marea diminuta.

Apenas me di cuenta. Me quedé tumbada en los mojados azulejos, aspirando grandes bocanadas de aire en mis roncos pulmones, mientras Billy floraba a mí alrededor. Parecía un poco asustado ahora, noté irrelevantemente, justo antes de un puño cerrado alrededor de mi garganta.

Me tomó un segundo darme cuenta de que era mío.

Afortunadamente, tengo las manos pequeñas, por lo que el intentar suicidarme estrangulándome, no había tenido mucho éxito. Podría haberlo hecho mejor de tener ayuda, pero mi otra mano estaba cerrada, con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, alrededor del toallero de pie, y no quería dejarlo. Lo miré fijamente, aturdida y sin comprender, y mis propios ojos, amplios y azules, me devolvieron la mirada desde la superficie de cromo brillante.

―¿Qué demonios?

La pregunta se hizo eco en mi cabeza, pero no había venido de mí. Me tomó un segundo darme cuenta de que Billy se había metido debajo de mi piel, como cuando le alimentaba. Le daba acceso a mi poder, algo que había aprendido a soportar, pero no me gustaba. Hoy, lo agarré en un apretón metafísico, casi llorando de alivio.

―¡Ayuda!

―¿Que ayude cómo? ―preguntó― ¿Qué está pasando?

―Posesión ―la palabra me detuvo, dado que mi mente consciente no había conectado las pistas. Pero mi inconsciente parecía estar más organizado, ya que sonaba bastante bien. Había tenido experiencia con la posesión en los últimos meses porque era una de las armas principales de la Pitia, pero nunca antes se había vuelto contra mí.

Decidí que no me estaba gustando la experiencia.

―¿De qué? ―exigió Billy.

―¡Al igual que yo la distinguí! Simplemente haz algo.

―Sí, sólo que depende mucho de lo que es exactamente…

―¡Billy!

―Ok, ok. No te preocupes, Cass. Lo tengo ―me dijo. Justo antes de salir despedido de mi cuerpo, atravesar el baño y traspasar la pared de golpe.

Le vi desaparecer, una mirada de sorpresa casi cómica en su cara, y tardíamente me di cuenta de que había tenido el control de mi otra mano. Debido a que, inmediatamente se me entumeció, y se unió a la fiesta de estrangulamiento de mi cuello. Pero, sorprendentemente, aquel no era el problema más grande.

Había un número limitado de cosas que podían poseer a un humano. Los fantasmas eran uno de ellos, pero a menos que fueran acogidos por mí, como hacía con Billy, tendrían que luchar a través de las defensas de mi cuerpo. Y eso significaba un espíritu debilitado cuando al fin entrase, si es que lo hacía.

Pero esto no era débil. Lo-que-fuese había exorcizado a Billy aún manteniendo su control sobre mí, y ningún simple fantasma podía hacer eso. Lo que restringía las cosas a la “Oh, lista de la mierda”.

Un hecho que quedó demostrado cuando el toallero de pie se volcó, y trató de golpearme en la cabeza. Mi mano ya no estaba sobre él, la de nadie, pero se estaba volviendo loco de todos modos. El toallero hizo añicos el espejo de encima del lavabo, luego rebotó y se estrelló contra la bañera, tirando el frasco de sales de baño por el suelo y volviendo las empapadas baldosas, de color rosa fluorescente. Resultó ruido suficiente para despertar a los muertos, uno de los cuales comenzó a golpear en la puerta del baño.

―Srta Palmer. ¿Está usted bien?

No conocía la voz, pero no me importaba. No podía responderle, de todas formas. Todo en lo que podía pensar era en llegar hasta la fuente del sonido.

Los vampiros no sabían mucho más de esto que yo, pero podrían al menos hacer palanca para quitarme las malditas manos del cuello.

Traté de cambiar pero, esta vez, no pasó nada. Tal vez porque la habitación estaba empezando a dar vueltas, y mi visión se iba oscureciendo, y lentamente se me iban aflojando las piernas. Y entonces, Billy volvió, pareciendo cabreado.

Se deslizó dentro de mi piel, y de inmediato sentí una pérdida de energía muy familiar.

―¿Te estás alimentando ahora? ―pregunté, incrédula.

―¡Tengo que tener energía para luchar contra esa cosa, Cass! Y estoy tocando fondo.

―¿Y qué te crees que me pasa a mí?

Billy no respondió, pero el drenaje no se detuvo. Pero un momento más tarde, mis manos se separaron de mi cuello como si se hubiesen quemado. De repente, puede respirar de nuevo.

Me quedé tumbada porque no tenía energía para levantarme, tosiendo y resollando, mis pulmones luchando por pasar el aire a través de una garganta que se sentía como la mitad del tamaño normal.

Los pulmones me ardían, y mi cabeza daba vueltas y realmente, realmente quería vomitar. Pero habría llorado de alivio si mis ojos hubiesen estado bajo mi control.

Desafortunadamente, rodaron en sus cuencas y no regresaron.

―¿Señorita Palmer? ―el vampiro sonaba seriamente descontento ahora, pero la puerta aún permanecía cerrada.

―¿Por qué no entra? ―preguntó Billy enfadado.

―No quiere disgustarme.

―¡Tú y tu maldito espacio personal!

No le respondí porque tenía razón. Y porque de repente me di cuenta de que podía sentir mis piernas de nuevo. No debería haberme sorprendido. Aferrarse a un cuerpo que no es tuyo y no te quiere dentro no es fácil. Y parecía que lo que fuera que me tuviera en sus garras, no podía mantener todos mis miembros controlados y al tiempo luchar contra Billy Joe.

No era un avance muy grande, pero era lo único que tenía. Me tambaleé sobre mis pies, haciendo una mueca cuando un pedazo de vidrio roto me cortó en el talón y tropecé con la empapada y arrugada alfombrilla.

Estaba tratando de no entrar en pánico, pero se sentía un poco como estar ahogándose de nuevo, estar desnuda y ciega, a la merced de un enemigo del que no sabía nada.

Excepto que quería verme muerta.

Y no era muy particular acerca de cómo matarme.

No había dado ni dos tambaleantes pasos cuando mis piernas se entumecieron de nuevo, mi cuerpo dio un giro y me precipité contra la pared más cercana. Dio la casualidad de que mi cabeza estaba un poco torcida, lo que salvó mi nariz, pero la sien golpeó con suficiente fuerza la pared como para dejarme mareada. Me tambaleé hacia atrás, pero solo para coger el suficiente impulso para embestir de nuevo el muro.

―¡Los ojos! ―grité mentalmente y apoyé una mano para parar la caída, casi rompiendo la muñeca en su lugar.

―Trabajando en ello.

―¡Trabaja más fuerte! ―lloré, cuando el impacto me envió a encontrarme con un lado del lavabo.

Mi cadera golpeó el implacable mármol con fuerza suficiente para hacerme un cardenal, pero un momento después, mi vista regresó. Eso hubiese sido un alivio, excepto porque eso indujo a mi atacante a tomar de nuevo el control de una de mis manos. Por suerte, fue la mala, y tuvo que soltar la horquilla que me sujetaba el pelo para intentar apuñalarme el ojo con ella.

La horquilla cayó, y mi otra mano se acercó, con un cortante trozo de cristal que usé para cortarme la yugular. Billy la paró justo a tiempo, pero la mano no bajó. Se cernía amenazante, sostenida en el aire frente a mi cara, temblando por el esfuerzo, mientras que tres espíritus luchaban por su control.

No podría decir quién estaba ganando, pero no creí que fuéramos nosotros. Me quedé mirando al perversamente agudo triángulo mientras se acercaba, reflejándome, el terriblemente enmarañado pelo rubio, la cara pálida como la de una calavera, atontados ojos azules, y la puerta hacia el salón, por encima de mi hombro izquierdo. Ahora estaba más cerca, y yo estaba aún de pie.

Corrí hacia ella.

A mitad de camino, mi cuerpo se contrajo espasmódicamente y caí. Pero me las arreglé para tirar una maceta por el camino. La preciosa pieza azul y blanca de Delftware estaba en una bonita base, lo que hizo que tuviese un bonito trastazo cuando se volcó y explotó contra el suelo con fuerza.

Y eso, finalmente, fue suficiente para los guardias.

La puerta se abrió de golpe y tres vampiros se precipitaron hacia el interior, parándose confundidos cuando no vieron más que una chica flacucha destrozando el baño. Y entonces sentí como si algo me estuviese rompiendo a mí también, una ardorosa, desgarradora sensación que, afortunadamente, tan solo duró unos segundos antes de que algo saliese de mi cuerpo.

Un grito sin palabras apuñaló el silencio y algo se estremeció en el aire del cuarto de baño.

La presencia era grasienta y resbaladiza, e incorrecta, pero el olor era peor: asquerosamente dulce, que se enterraba en lo profundo de mi garganta, empalagoso, nauseabundo. Se generó un sentimiento de repulsión profunda y primordial en mis entrañas, y no parecía como si fuese la única. Los vampiros se agacharon y sacaron sus pistolas, a pesar de que no había nada a lo que disparar, excepto por mí, y se las arreglaron para que estuviese en el medio de los tres.

Yo no estaba manejando mi cuerpo, pero no creía que la identidad tampoco, ya fuese, porque podía sentir cada centímetro de piel arder en llamas, cuando caí contra la alfombra de la zona del comedor, con la cara primero.

―No ayudes ―le dije a Billy, cuando los restos del espejo salieron disparados por encima de mi cabeza, y se incrustaron en los guardias.

No tuve tiempo de pedir disculpas, porque el apartamento se estaba volviendo chalado.

Un conjunto de licores voló desde un carro cercano y se estrelló contra la pared a mi espalda, en un baño de alcohol y cristal del caro. Los cubiertos de la cesta de servicio del carro, lo siguieron, y me hubieran ensartado de no ser porque un vampiro se interpuso en el camino. Y entonces la lámpara que estaba sobre la mesa del comedor fue arrancada del techo, dando vueltas como un tornado de cristal.

Billy nos arrojó detrás del sofá, lo que ayudó, y luego rodamos debajo de la mesa de café, lo que ayudó. Al menos por el momento. Todo lo que podía ver a través de la tapa de cristal eran unos pocos cientos de cristales, golpeando como una tormenta de granizo caro, pero la vista a través del lateral estaba menos obstruida.

Miré alrededor, tanto con incredulidad como con pánico, porque nunca había visto nada igual. Los fantasmas encuentran muy difícil mover incluso la cosa más diminuta, como un clip o un pedazo de papel. No sacan las barras de las cortinas, o tiran pesados cuadros contra la cabeza de la gente, o arrojan sillas a través de las ventanas de cristal.

A excepción de las paredes cubiertas de sangre, parecía algo sacado de la Morada del Miedo[2].

Parpadeé, finalmente realizando la conexión. Y entonces apreté tan fuerte que Billy aulló. ―¡Ya basta!

―Tenemos que llegar a Pritkin ―le dije con rapidez.

―¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué puede…

―Esto no es un fantasma.

―¡No jodas!

―Así que probable sea algún tipo de demonio.

―¿Y?

―¡Y él sabrá cómo deshacerse de él!

Billy no dijo nada más, tal vez porque Pritkin era nuestro experto en demonios particular. O quizás porque la mesa de café acababa de partirse por la mitad. Billy nos tiró a cuatro patas, y gateamos fuera de su alcance, así como del de la lámpara de araña que explotó, como una granada de cristal, por todo el salón.

Era posible que no hubiesen sido hechas para este tipo de actividad, pero la docena o así de delgadas columnas de madera que volaban a nuestro alrededor parecían hacerlo de forma estudiada. También parecían familiares. Finalmente, reconocí una cuando aporreó el piano cuando trataba de alcanzarme. Miré fijamente una de las patas de los muebles de comedor y me pregunté por qué la entidad se tomaría la molestia de destrozar aquello. En aquel momento estábamos en el otro lado del apartamento, así que no parecía tener mucho sentido.

Hasta que vi a uno de los guardias pasar corriendo, siendo perseguido por su correspondiente estaca voladora. Él la eludió, casi toda, le golpeó en la pierna en lugar de en el corazón. Tuvo suerte, porque le atravesó carne y hueso tan fácilmente como las otras piezas hicieron con las paredes, los muebles y los endebles laterales del piano.

Los vampiros que formaban parte de mi equipo de guardaespaldas eran todos maestros de alto nivel y, presumiblemente, habían visto un montón de peligros a lo largo de los años. Pero, al parecer, no algo como esto. Vampiros que se enorgullecían de su fuerza e imperturbabilidad corrían con ojos desorbitados, atacados por muebles que les castigaban por portarse mal como no supieran si eran un problema o simplemente porque estaban tratando de convertirlos en vampiros-kebab.

Pero aparte de la implosión en la suite, el resto estaba extrañamente en calma. Yo no podía hablar, y los vampiros no lo necesitaban- al menos no en voz alta. Podían comunicarse mentalmente los unos con los otros con tanta facilidad como yo hacía con Billy, algo que normalmente les daba una gran ventaja a la hora de luchar. Salvo, al parecer, en aquel momento.

Al menos un hombre había decidido que necesitaban ayuda del exterior, porque había sacado su teléfono móvil. Estaba al lado contrario de la habitación de donde yo estaba, agachada detrás del piano de cola, y no tenía el control de mis cuerdas vocales, de todas formas. Así que avisé al tío que lo tenía. ―¡Dile que llame a Pritkin!

Y Billy lo intentó. Pero entre mi irritada garganta, el peligro mortal, y el ruido ensordecedor, nadie nos prestó atención. ―Estos tíos son nuevos, ¡ni siquiera creo que sepan quién es él! ―dijo Billy frenéticamente.

―Entonces, tendrás que ir a buscarlo.

―¿Cómo? Nunca conseguiremos llegar hasta la puerta a través de todo esto.

―Yo no lo haré, pero tú sí. No es por ti.

―Sí, excepto porque si te dejo, aquella cosa te tendrá entre sus garras de nuevo.

―Y si no lo haces, me golpeará hasta la muerte ―yo no le veía una gran diferencia, la verdad.

―Está bien, vale ―Billy sonaba como si estuviera tratando de calmarse, y no lo estuviera consiguiendo―. Dices que encuentre al mago. ¿Y luego qué? No puede verme.

Mierda. Billy era tan sólido para mí, que tenía problemas recordando que no era real para todo el mundo. Pero Pritkin ni siquiera sabría que estaba allí.

Fue difícil concentrarse por encima de las notas de agonía del piano, pero lo intenté. Solo que las tres directrices no me estaban haciendo mucho bien por el momento. Sabía cuál era el problema, era que necesitaba llegar a Pritkin. Pero no tenía ninguna habilidad que me ayudase a hacerlo.

Si pudiera haber cambiado, hubieses sido fácil. Pero su habitación estaba cinco pisos más abajo, y al otro extremo del hotel. Y yo sabía sin intentarlo, que no podía llegar tan lejos. Era difícil cambiar después de que Billy se hubiera alimentado incluso si no estuviese tan exhausta. Tal como estaba, sería afortunada si me movía 5 metros, y eso no podría…

Me detuve, rebobiné los pensamientos. ―Ve donde Pritkin ―le dije a Billy, el sonido de la sangre latiendo en mis sienes.

―Ya te dije, él no me va a…

―¡Escúchame! Tiene el collar de Jonas. Lo usó hoy para atraerme cuando intenté cambiar. ¡Tienes que conseguirlo!

―¿Y luego qué? Solo funciona cuando usas tu poder, y no puedes…

―Sólo necesito cambiar, ¡no importa cuánto de lejos! Un par de pulgadas debería ser suficiente para activarlo. Ahora, ¡vete!

Por una vez no discutió, tal vez porque él tampoco sabía qué otra cosa hacer.

Le sentí marchar y me preparé para otra embestida. Pero la entidad se estaba divirtiendo demasiado como para notar que Billy se había ido, y yo no le iba a dar tiempo para darse cuenta. Agarré la parte superior de la banqueta del piano como escudo, y empecé a gatear.

Un guarda estaba encima de una silla volcada, bateando los fragmentos voladores de madera con una pata de mesa ensangrentada como un bateador en un partido de béisbol. Me vio y sus ojos se abrieron de sorpresa, como si hubiese asumido que ya debía haber sido hecha brochetas hacía ya años. ―No estoy muerta aún ―croé de forma alentadora, y seguí gateando.

El comedor había sido destruido, pero el carro de servicio de habitaciones había sobrevivido de forma milagrosa, encajado en el umbral de la puerta que comunicaba cocina y bar. Lo empujé hacia dentro y eché un vistazo bajo la tapa. Pollo frito, y todavía estaba caliente.

Dios existía.

Me resguardé detrás de la isla de la cocina y me concentré en recuperar fuerza suficiente para cambiar por mi propia cuenta por si Billy fallaba. Básicamente significaba cebarme de pollo lo más rápido posible, sin vomitar. Estaba haciendo una buena marca comparable a las de Marco cuando algo provocó que mirase hacia arriba.

Tres vampiros estaban en la puerta de la cocina, mirándome. Parecían un poco conmocionados, y mi reflejo en la nevera me dijo por qué. Estaba desnuda y ensangrentada, con mechones de pelo medio mojados, pegados por toda la cara, y un muslo de pollo deformando un lado de mi boca. Me parecía sorprendentemente a una cavernícola chiflada.

Aparté el muslo de pollo y me lamí los grasientos labios. “Um. ¿Hola?”

Ellos no dijeron nada. Por un momento, tan solo nos miramos los unos a los otros. Y luego, la criatura atacó de nuevo, y dejé de preocuparme por la impresión que estaba causando, y comencé a preocuparme por conseguir que mi cabeza dejara de darse golpes contra un lateral de la isla. Vi las estrellas y todo se volvió de color rojo, lo cual probablemente entraba en la categoría de cosas poco sanas.

Y entonces vi a Pritkin de pie, mirándome en completo estado de shock.

No recordaba haber tratado de cambiar, pero debía haberlo hecho, porque en lugar de los fríos azulejos de cocina, mis pies estaban hundidos en la alfombra de su habitación. Había aterrizado al lado de su cama, que él estaba abriendo para dormir. Su pelo estaba húmedo y rizado en el cuello, y algunas gotas de agua se deslizaban por sus hombros. E incluso aún no se había puesto el pijama, o dormía desnudo, lo que hubiese encontrado un poco incómodo si no hubiese estado a punto de morir.

―Posesión ―gruñí, antes de que mis manos se convirtiesen en garras, y mi cuerpo se lanzase, por sí solo, directo a aquellos ojos verde claro.

No conseguí arañarle gran cosa, los reflejos de Pritkin eran mejores que eso, incluso cuando estaba totalmente asombrado, pero conseguí hacerle un rasguño de escasos centímetros en una de sus mejillas. ―¡Lo siento!

―¿Qué clase de posesión? ―me preguntó en tono grave, cada mano cerrada en torno a mis muñecas.

―No es un fantasma, pero no…

Callé, porque mi garganta se sobresaltó por un momento, como si fuese más difícil de controlar de lo que había imaginado. Pero al momento siguiente, me encontré tirada sobre la cama, con las manos sujetas sobre la cabeza por una de las suyas. Usó su otra mano para convocar una serie de pequeños viales de una estantería que había instalado, al parecer tenía un tipo de clave para las pociones apestosas.

La mayoría de las cuales pronto cayeron sobre mí.

Algunas eran pegajosas, otras como de lodo, y otras eran realmente vomitivas. Pero no me hubiese importado si alguna hubiese funcionado. Pero hasta donde podía contar, lo más que habían hecho era teñir mi piel en manchas, aparentemente sin afectar a la cosa de mi interior.

Y de repente dejé de notar mi cuerpo, y tuve un momento para pensar oh, mierda, antes de que la entidad usase mis piernas para enviar a Pritkin atravesando la habitación. Lo vi golpear y pasar a través de la pared, como un reflejo de lo que Billy había hecho antes. Tan solo que el cuerpo de Pritkin, más material, tiró la endeble pared, y un montón de escombros, con él.

Y, para mi sorpresa, la criatura decidió seguirle.

Tal vez suponía que no sería muy distinto si lo mataba a él primero, o tal vez Pritkin había conseguido cabrearla. No lo sabía, pero lo sentí cuando comenzó a forzarme, cuando las sensaciones de un cuerpo seriamente sobrecargado vinieron todas de golpe, obligándome a soltar un lloriqueo que me prometí negar si sobrevivía a esto.

Y entonces sentí su sorpresa cuando levanté mis escudos, atrapándolo en mi interior.

No había sido capaz de expulsar a la cosa, pero era una historia diferente. Había logrado poseerme en primer lugar porque había sido descuidada, y estaba exhausta y esperando que Billy entrase tan pronto los escudos bajaran. Pero ahora este era mi cuerpo, y la propiedad otorga algunos privilegios. Y estaría condenada si dejaba que la cosa acabase con el único tío que tenía la oportunidad de sacarme de esto, mientras estaba, posiblemente, inconsciente y…

Y la identidad no se había imaginado que mi cuerpo pudiera convertirse en su cárcel, y realmente, realmente quería salir de allí.

Al parecer nosotros no hablábamos el mismo lenguaje, pero no importaba, porque comenzó a mostrarme una cascada de imágenes que parecían algo sacado de una película de terror: mi corazón explotando en el pecho, mis pulmones desgarrándose como papel tisú, mi cerebro…

―Si pudieses hacer eso, ya lo habrías hecho ―pensé victoriosa, enviándole la imagen del intento de acuchillarme el ojo con la maldita horquilla. Yo no sabía por qué podía emplear cualquier cosa del apartamento pero no directamente a mí, cada ataque había sido externo o pasivo, como el sujetarme bajo el agua mientras me ahogaba. Estaba comenzando a parecerme que quizás la cosa dentro de mi cuerpo no era tan fuerte.

O como si no estuviese acostumbrado a la posesión.

Aquello no tenía sentido para un demonio, quien presumiblemente lo hacía todo el tiempo, pero no tuve oportunidad para pensar en ello antes de que comenzase a revolverse dentro de mí. Y si pensaba que había sufrido antes, no era nada comparado con esto. Estaba empeñado en que le dejara ir y yo en que no, porque si mataba a Pritkin yo estaba muerta de todos modos.

Y entonces él estaba de regreso, sangrando y amoratado, y revolviendo algo cerca del agujero, en su zapatero, que me lanzó. ―Cassie, ¡cógelo!

Mi brazo se levantó de forma automática, y sentí mi puño cerrarse alrededor de algo frío y duro. Y entonces no sentí nada más por un largo tiempo mientras levitaba fuera de la cama. Definitivamente, la morada del mal, pensé aturdida, y dejé caer mis escudos. Mi cuerpo se convulsionó con fuerza, y de inmediato estuve rodeada por una tormenta de oscuridad, alas batiendo, un olor nocivo y un chillido de furia.

Y entonces caí de vuelta a la cama, y rodé hacia un lado. Aquello fue afortunado, porque un segundo más tarde, una especie de tornado en miniatura atravesó la ventana y una ducha de cristal explotó dentro de la habitación, en un claro desprecio de las leyes de la física. Pero de la mayor parte de ello no me di cuenta, ya que estaba acurrucada en el suelo, con las manos sobre la cabeza, intentando no gritar.

Pritkin había gateado a través del agujero de la pared en algún momento porque, cuando le miré, estaba acuclillado en el suelo, mirándome. Me quedé mirándole en silencio, jadeante y avasallada, todos los miembros temblando en respuesta, con polvo y confeti de pared cayendo lloviendo a nuestro alrededor.

Y entonces la puerta se abrió de golpe y Marco se hizo cargo de la situación. Se dio cuenta de mi cuerpo, desnudo y multicolor, el agujero en la pared, la ventana destrozada y el maltratado y ensangrentado mago de guerra.

―¿Qué cojones? ―preguntó, decidido.

Tragué saliva, notando en mis labios el sabor a polvo y cobre. ―Creo que asustamos al personal ―le conté con voz débil. Y luego me desmayé.


[1] Aquí dice las tres A's porque en inglés son Assess(Evaluación), Adress (dirección), Act (acción)


[2] La Morada del Miedo, The Amityville Horror en EEUU, Terror en Amityville en Argentina, México, Perú y Venezuela, es una película de terror.

Capitulo 3



Media hora más tarde todavía estaba desnuda y aún no estaba disfrutándolo.

—¡Maldita sea, Marco!— Grazné.—¡Eso duele!

—Si no paras quieta también te quedarán cicatrices- El tono era áspero pero la mano en mi maltratado trasero era suave.

—Tan solo sé cuidadoso, ¿vale? Hay carne viva aquí debajo.— Por el momento, de todas formas.

—Veré que puedo hacer.

Me acomodé sobre mi estómago y tiré de la sábana que se suponía que estaba cubriendo mi honra. Mayormente no lo hacía, pero estaba tan cansada y, sospeché, demasiado drogada para que me importase. Sabía que la mesa sobre la que estaba tumbada era plana pero me sentía como flotando en alta mar, gracias a las pastillas que alguien me había pasado y las dos bebidas que había tomado con ellas.

—¿Puedes marearte estando tumbada?— Me pregunté.

—Si vas a vomitar dímelo.—Dijo Marco con severidad.

—No lo haré—. Dije con toda la dignidad que pude reunir. La que, estando tendida desnuda en una mesa de masaje mientras él extraía cristales de mi culo, no era mucha.

—Sólo era para tenerlo claro. Ya tenemos bastante con lo que tenemos que limpiar.

Eso era verdad.

Estábamos de vuelta en la suite, destrozada como estaba, porque tenían mejores protecciones que cualquier otro lugar del hotel. No que hubiesen hecho gran cosa esta vez, pero el mes pasado habían mantenido alejada a la mayoría de la gente que quería poner mi cabeza en una pica. Así que, habitable o no, era donde dormiría esta noche.

Los vampiros estaban tratando de ordenar las cosas, pero era una tarea infernal. Vi a través de la puerta abierta cómo una pareja de vampiros correteaba, tratando de coger las harapientas cortinas que estaban ondeando a través de la destrozada ventana del salón. Al menos eso hacían hasta que uno de los vampiros murmuró algo fiero y arrancó todo con las últimas varillas, tornillos y demás. Él trató de meterlo todo en una bolsa de basura pero no cupo.

Así que lo retorció formando una bola de metal e hizo que cupiese. Su compañero tan solo le miraba con los brazos cruzados, y lentamente negó con la cabeza.

En cualquier otro momento lo hubiese encontrado divertido. Ninguno de los guardias eran maestros de menos de tercer nivel, lo que les hacían más o menos vampiros de la nobleza. Definitivamente no estaban acostumbrados a llevar bolsas de basura, barrer suelos, y transportar desechos. Pero no dejarían a nadie más permanecer cerca de la suite, incluyendo el servicio de limpieza, así que no había mucha opción. Y, para su crédito, ni uno solo se había quejado.

Por supuesto podría ser porque ninguno de ellos había dicho nada. La mayoría de ellos aún parecía más pálido de lo habitual, y ocasionalmente veía a alguien mirando furtivamente en mi dirección. Eran la clase de miradas que yo habría echado a un animal peligroso del zoo que se hubiese acercado demasiado a la valla. Como si pensasen que yo iba a saltarles a la yugular en cualquier momento y quisieran ser cuidadosos.

—Creo que están asustados de mí,— le dije a Marco mientras otro pasaba cerca mirándome de la misma forma.

—No de ti—. Me corrigió Marco, posando una pila de toallitas de papel manchadas de sangre sobre la sobrecargada papelera.

—¿Qué significa eso?

—Significa que atraes enemigos como la carne podrida atrae moscas.

—¡Esa es una imagen preciosa!

—Y no son enemigos normales,— se quejó. —Alguien a quien un tío pueda machacar. Son fantasmas, o demonios, o un jodido dios, y mis hombres son buenos, pero no saben cómo tratar con esa mierda. Les hace sentir indefensos, y odian eso.

Yo tampoco lo adoraba, precisamente, pero no dije nada porque Marco seguía soltando el rollo.

—Y la mayoría de ellos pensaban que esto sería como estar de vacaciones. Un viaje gratis a las Vegas, quedarse en un hotel de lujo, y todo lo que tendrían que hacer sería vigilar a la novia del Maestro. Me refiero a llevarle las bolsas de la compra y ser preguntados qué color de zapatos va con ese bolso y cosas por el estilo, ¿sabes?

Fruncí el ceño. No, no lo sabía. Su Maestro, y mi pareja, era jodidamente cauto acerca de su pasado amoroso. Sabía que no era inexperto— a los quinientos años eso sería algo difícil— pero no tenía muchos detalles. De hecho no tenía ninguno, tan solo algunas sospechas, y alguna o todas ellas podrían ser falsas.
Por alguna razón nunca se me había ocurrido preguntarle a Marco.


Se me ocurrió entonces.


—Suena como si hubieras hecho esto antes.

—Ese no era mi punto.

—¿Pero lo hicieron? ¿Lo hiciste?— Era inquietante pensar que debía ser una más en la larga lista de chicas que Marco había tenido que cuidar, al menos hasta que se hicieron demasiado viejas para mantener en ellas la atención de su novio eternamente-en-los-30.

Realmente, realmente inquietante.

—Normalmente no hago la cosa del guardaespaldas.— Me eludió Marco.

—Pero has estado por aquí un tiempo, ¿cierto?

—Sí.

—¿Así que… cuántas novias tuvo Mircea?— pregunté sin rodeos.

Marco suspiró. —No quieres saber eso.

—Sí, realmente quiero.

—Entonces deberás tratarlo con él,—categorizó.

—Pero él no está aquí y tú sí.— Y el hecho de que Marco no quisiera discutir me hizo preguntarme de qué número estaríamos hablando. —Quiero decir, ¿de cuántas podríamos estar hablando?—me pregunté en voz alta. —¿Cinco, diez?— Marco no dijo nada.

—¿Veinte?— Pregunté con voz un poco aguda.

—Ya sabes, lo olvidé.— Respondió. Y entonces me apuñaló el trasero.

—¡Ow!

—¿Quieres otra bebida?— me preguntó, mientras un vampiro traía una bandeja con una garrafa.

—¡Quiero que dejes de agujerearme con esa cosa!

Sostuvo algo delante de mis ojos. —¿Ves esto? Son pinzas. No hacen agujeros.

—¡Díselo a mi culo!

—¿Quieres una bebida o no?

—Quiero algo de café,— dije resentida, ya que no estaba obteniendo mis respuestas. Pegué la sábana a mi pecho y traté de mirar por encima de mi hombro hacia mi maltratado trasero. Y entonces pillé al vampiro mirándolo.

—¡Hey!

—No quiere decir nada,— dijo Marco, mientras el otro salía a toda prisa. —Él estaba ahí, ¿sabes?

—¿Y?

—Y somos tíos. Nosotros miramos a los culos de las tías.

—¿Estás mirando mi culo?— Le pregunté con recelo.

—Tengo que hacerlo o no podré extraer todas las esquirlas de cristal.

—Entonces tal vez podríamos llamar a un médico.

Marco palmeó mi hombro. —Está bien. No eres mi tipo.

—¿Cuál es tu tipo?

—Alguien que se meta en menos problemas,— dijo, cuando una astilla de cristal repicó en contacto con el cenicero que estaba usando como recipiente. —Decidí que estaba equivocado. No me gusta el lado salvaje. No tengo el aguante del Maestro.

—No requiero aguante.

—Pequeña, necesitas un jodido tanque.

No sabía lo que quería decir con eso, y no sonaba muy adulador. Pero antes de que pudiera preguntar, Pritkin entró con una taza que olía como el paraíso.

—No era un demonio,— me dijo sin rodeos.

—Por el infierno que no lo era.—Marco arrojó otra pequeña esquirla al cenicero, con más fuerza de la necesaria. —Los chicos dijeron que aquí era como El Exorcista.

—Amytiville,— murmuré, pero nadie estaba escuchando.

—Estaban equivocados.— Le cortó Pritkin. Me miró y frunció el ceño, entonces extendió la mano y me apartó los rizos de los ojos. Le sonreí beatíficamente, lo que le hizo fruncir más el ceño por alguna razón. —¿Estás segura de que no era un fantasma?

Asentí. Era la única cosa de la que estaba segura.

—¿Puedes describirlo?

—¿No lo viste?

Negó con la cabeza. —Una nube oscura, nada más.

—Yo no vi mucho más que eso.

—Dime lo que sepas. Cualquier cosa podría ayudar en este punto.

Traté de recordar, pero mi cabeza realmente dolía y la habitación aún navegaba y no había mucho que recordar. —Era de un color oscuro,— dije con lentitud. —Negra o gris. O un azul realmente oscuro. Y tenía plumas...creo.— Me estrujé el cerebro, pero no saqué mucho más. —¿Era grande?

—¿Y qué hay de tu sirviente? ¿Vio algo?

Me llevó un segundo darme cuenta de que se refería a Billy Joe. Pritkin tenía la extraña idea de que Billy era para mí algo así como lo que un demonio esclavizado era para un mago—un competente, obediente sirviente que se mantenía sereno ante la adversidad. Cuando la verdad, era más o menos todo lo contrario. Tan pronto como la crisis había terminado Billy había huido hacia su collar y no lo había visto desde entonces.

Le di un toque con el dedo, sólo por el placer de hacerlo, y recibí a cambio la versión metafísica de un corte de mangas. —Billy no sabe nada,— traduje.

—¿Estás segura?

Dile que me chupe la polla.

—Realmente segura.

Pritkin pasó una mano por su cabeza. Estaba sudoroso y, a pesar de que se había puesto un par de vaqueros viejos, no se había tapado las marcas de haber sido arrojado a través de una pared. Parecía tan derrotado como yo me sentía.

Una magulladura particularmente morada seguía por sus costillas y continuaba rodeando su espalda— donde había sido golpeado contra la pared, supuse. Estaba de pie, tan cerca que podía alargar la mano y tocarle, así que lo hice. Lo sentí caliente bajo las yemas de mis dedos— Pritkin siempre era un poco más cálido que un humano normal—un momento antes de que se alejase.
Dejé caer mi mano. —Deberías hacerte mirar eso. Debes haberte roto una costilla.

—Está bien.— Dijo secamente, al tiempo que otro vampiro entraba con un teléfono en la mano.

—Para ti,— me dijo el hombre, sus ojos deslizándose hacia el sur.

—¿Hay alguien en este apartamento que no me haya visto desnuda?— exigí saber, agarrando la sábana y el teléfono.

—Sinceramente eso espero, Cassandra.

Suspiré y dejé caer la cabeza contra la acolchada superficie de la mesa.

Siempre podía decir cómo se sentía Mircea en base a la versión de mi nombre utilizada. Cuando estaba de buen humor era dulceata, el apelativo cariñoso rumano que coloquialmente se traducía como “cariño” o “querida mía”. Cuando estaba menos contento, era simplemente la vieja Cassie. Y cuando estaba realmente enfadado pero sin mostrarlo, porque era el Príncipe Mircea Basarab, miembro del todopoderoso Senado Vampiro de Norteamérica y, sobretodo, un tío guay, era Cassandra.


"Cassandra” nunca era bueno.


Pero esta vez no había sido mi culpa.

—Esta vez no fue mi culpa.— Le dije haciendo una mueca porque Marco encontró otro corte que hasta el momento no había torturado.

—No estoy llamando para atribuir culpas.

—¿Entonces por qué el ‘Cassandra’?

—Me asustaste. Por uno momento no pude sentirte.

Fruncí el ceño al teléfono.—Estás en Nueva York. ¿Cómo se supone que podrías sentirme?

—A través del enlace.

—¿Tenemos un enlace?

Un suspiro. —Por supuesto que tenemos un enlace, dulceata. Tú eres mi esposa.
Para el criterio de los vampiros, pero no lo dije, porque eso siempre obtenía un ‘Cassandra’. La ceremonia, si podías llamarlo de esa forma, había sucedido antes de que me diese cuenta de qué estaba pasando. Pero eso no importaba porque las pequeñas cosas como el consentimiento de la novia no son necesarias en los matrimonios vampíricos.

Excepto, es decir, por mí.

Eso era por lo que Mircea y yo estábamos teniendo citas—o, al menos, eso era el por qué yo lo hacía, para descifrar si toda esta cosa de la relación era algo con lo que podía lidiar. Me había estado complaciendo, cuando se acordaba de ello, a pesar de que seguro encontraba todo esto ridículo. Mircea había nacido en una época en la que los hombres tomaban lo que querían por la fuerza y lo mantenían, tanto tiempo como tuviesen la fuerza necesaria. Y la fuerza no había sido nunca uno de sus problemas.

Escuchar, por el otro lado…

—Te escucho,— una voz aterciopelada murmuró en mi oído.

Torcí la cabeza y dejé que mi pelo cayese sobre el teléfono. No era mucha privacidad, pero por ahora era lo mejor que podía obtener. —Uh-huh.

—¿Y eso qué significa?— preguntó, sonando divertido.

—Significa ‘eso es una mierda’, pero estoy demasiado colocada como para dar una buena respuesta justo ahora.—Le dije con honestidad.

—¿Colocada?

—Puesta, cocida, drogada…

—Entendía el término,— dijo Mircea, su voz afilada.—Mi pregunta quería decir ¿por qué?

Dudé. La verdad era que había estado bastante cerca del histerismo cuando desperté. Cada vez se me daban mejor las crisis, principalmente porque había tenido mucha práctica últimamente. Pero después…

Aún tenía problemas con el ‘después’.

—Marco pensó que sería mejor,—le dije finalmente.

A Mircea no parecía haberle gustado esa respuesta. —Hablaré con Marco,— dijo sombríamente. —Pero por ahora, estoy más preocupado acerca del ataque de esta tarde. He oído el reporte de mis hombres, tal como fue. Quiero tener el tuyo.

Fue mi turno para suspirar. —No lo sé. No era un fantasma; de eso es de lo único que estoy segura. Y Pritkin jura que no era un demonio.

—Hay cientos de tipos de demonios, Cassie. Probablemente no pueda estar seguro...—

—Está muy seguro, le dije secamente.

— ...y tú has tenido recientemente un montón de problemas con ellos. Un demonio es el culpable más probable.

—Creo que deberíamos confiar en el juicio de Pritkin sobre esta cuestión,— dije, porque no podía decir ninguna otra cosa. Pritkin era medio demonio, lo que no era universalmente conocido, del tipo que nadie más conocía eso excepto yo.

Y estaba destinada a mantenerlo así.

—Yo no estoy tan seguro,—Mircea dijo, pareciendo amargado. —Pero me gustaría hablar con el hombre. ¿Puedes ponérmelo?

Realmente no creí que fuera una gran idea, considerando que Mircea y Pritkin se mezclaban como el agua y el aceite, solo que no tan bien. Pero le pasé el teléfono, de todas formas. No capté mucho de la conversación resultante, por dos cosas, porque Pritkin era extremadamente brusco, y porque Marco había comenzado el proceso de extracción de nuevo.

—Posiblemente no pueda haber tantos trozos de cristal en mi culo,— rechiné los dientes, tras un par de agonizantes minutos.

—Monada, es como si te hubieras revolcado en ellos,— dijo con sequedad, excavando lo que parecía una pulgada en mi sensible trasero.

—¡Lo tendré en cuenta la próxima vez que sea poseída por una entidad malvada!

—Demonio,— dijo Marco, sonando definitivo.

—No era un demonio,— discutió Pritkin, pero no sabría decir si estaba hablando con Marco o con Mircea. —Sí, ¡estoy jodidamente seguro!

Mircea.

—De acuerdo, esto va a resquemar un poco,—dijo justo antes de que mi culo estallara en llamas.

—¡Mierda, mierda, mierda!

—Tenemos que desinfectarlo,— dijo sin inmutarse. —No eres un vampiro. Puedes pillar una infección.

—¿De qué? ¡Acabas de quemarme el culo!

—Quiere hablar contigo,— dijo Pritkin, con cara siniestra.

Cogí el teléfono de nuevo. —¿Qué?

—¿Cassie?

Mircea no estaba acostumbrado a recibir ese tono de voz de parte de una mujer pero estaba demasiado adolorida—de muchas maneras distintas— como para importarme. —Si Pritkin dice que no era un demonio, entonces no era un demonio. ¡Maldita sea, Mircea! ¡Él debiera saberlo!

—¿Y por qué es eso, dulceata? —Preguntó Mircea con suavidad. Y, de acuerdo, tal vez tenía que repasar aquella lista. Porque algunas veces Mircea usaba mi sobrenombre cariñoso cuando estaba siendo taimado.

—Es un cazador de demonios,— dije, forzándome a calmarme antes de que pudiera decir algo estúpido. Vale, algo aún más estúpido, de todas formas. —Es su trabajo saberlo.

—Voy a tener a mi gente comprobando todas las posibilidades,— dijo Mircea, y realmente esperé que estuviese hablando acerca de la entidad. —Y mientras tanto, quiero que me prometas que no dejarás el hotel.

—Mircea, fui atacada en el hotel. Cómo estar aquí va a...

—La guardia será doblada.

—Podrías triplicarla—podrías haber puesto un guardia por metro cuadrado— ¡y no habría habido ninguna diferencia! Nadie podría haber previsto...

—Tendríamos que haberlo previsto,— dijo con dureza. —Sabíamos que atacarían. Simplemente no pensé que fuera a ser tan pronto. La coronación no será hasta dentro de diez días.

—¿Pero por qué esperar hasta el último segundo?

Mircea no dijo nada, pero el muy significativo silencio me dejó claro que no lo había encontrado gracioso. Por supuesto, no encontraba nada gracioso estos días. Actualmente estaba tratando de negociar la primera alianza mundial entre senados vampiros. Era en lo que llevaba trabajando todo el mes, lo que estaba haciendo en Nueva York, donde un montón de senadores estaban reunidos por alguna clase de reunión previa a la coronación. Pero como sus habilidades diplomáticas eran tan formidables no había ninguna duda de que se haría con ello. Los senados habían tenido siglos para confabular y combinarse y enfadarse los unos con los otros, y parecía ser que habían hecho un buen trabajo después de todo.

Y nadie guarda tanto rencor como un maestro vampiro.

Añade a esto la guerra en curso y la coronación que estaba prevista que se celebrase en este sitio, y eso probablemente sería suficiente para provocar a alguien un dolor de cabeza. No quería añadirme a sus problemas. Y lo que pidió era bastante fácil de hacer.

No era como si pudiese estar más segura en cualquier otro lugar.

—Me quedaré aquí,— le prometí.

—Bien. Entonces te veré mañana por la noche.

—¿Mañana? Pensaba que no volverías hasta dentro de otra semana.

—Esa era mi intención pero… Obtuve la información que me pediste.— Por un momento no me di cuenta de lo que me decía, porque no podía recordar pidiéndole nada a Mircea. Excepto...

Me senté de golpe.

Y tan pronto como lo hice me arrepentí de ello. Jadeé y Marco maldijo. —¡No te muevas!— Me dijo, empujándome hacia debajo de nuevo. Eso estaba mejor, porque me dio una oportunidad de controlar mi cara.

—Sobre nuestra cita,— aclaró la voz de Mircea innecesariamente.

—Oh. Cierto.— Mi voz sonaba suficientemente normal, pero comencé a sentir la palma de la mano sudorosa cuando aferré el teléfono. Porque lo que le había pedido no era la típica cena y peli. Realmente no había pensado que él pudiera lograrlo—o que estaría dispuesto a ello, para el caso. Pero Mircea nunca dejaba de sorprenderme.

Quería detalles, unos específicos, pero no podía preguntarlos. No con los ojos de Pritkin clavados en mí desde el otro lado de la habitación. Si sabía lo que había planeado no tenía ninguna duda de que trataría de detenerme. Y mientras eso fuera la cosa más inteligente que pudiera hacer, no era la correcta. No esta vez.

—¿Qué debería ponerme?—pregunté, esperando que fuera prudente.

—Un atuendo formal clásico.

—De acuerdo. Lo buscaré, le dije, y colgué.

Marco terminó su pequeña sesión de tortura un momento después y me vendó. Me moví de forma cautelosa a una posición sentada, y aún no era nada gracioso. Pero estaba demasiado distraída para que me importase.

—Te traeremos uno de esos pequeños buñuelos,— me dijo, cuando Pritkin se acercó. Y, mierda, sus ojos estaban entornados.

—Entonces, ¿si no era un fantasma y tampoco un demonio, qué era?— le pregunté, anticipándome a cualquier pregunta inoportuna.

Para mi sorpresa, funcionó.—Tengo una teoría, pero preferiría constatarlo antes.

—¿Qué teoría?

—¿Recuerdas cómo nos defendimos de él?— preguntó, mientras yo me envolvía en la sábana y me deslizaba hacia el suelo.

—Recuerdo que me arrojaste algo.

—Era medio nunchuk [1]. Tenía la intención de volver a soldarlo pero no tuve tiempo.

—¿Medio nunchuk?—Fruncí el ceño. —¿Y por qué me diste eso?— No era como si pudiese golpear a un espíritu en la cabeza con aquello.

Unos ojos verdes se encontraron con los míos, y fueron lo suficientemente serios como para detenerme. —Porque era la única cosa que tenía al alcance que estuviese hecho de hierro frío.







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